Hace unos días comencé a leer «El Príncipe de los Pícaros» de AntonioCamacho, pues el concepto de una historia relatada en el siglo X me atraía sobremanera. Si bien temí que el paso de los siglos hiciese mella en la fidelidad a la Qurtuba que yo recuerdo, he de decir que desde el primer capítulo y su recreación de la entrada de Abd al-Rahman (III de su nombre) ibn Muhammad triunfante tras una victoria militar, el viaje por los recuerdos de los rincones de Qurtuba no cesa.

Es en estos días del primer Califa cuando ocurrió una célebre historia que me relató mi abuelo Sa’id, pues teniendo yo 16 años me sorprendió una noche cuando el vino pareció enemistarse con mi capacidad de ascender las escaleras hacia mi habitación como un hombre en lugar de como una bestia. El bueno de Sa’id me hizo sentarme en el patio y, mientras el frescor de la noche primaveral me hacia recuperar mi entereza me contó sobre el lado más humano del también apodado al-Nasir.

Abd al-Rahman fue una figura inigualable, pues su sagacidad, diplomacia y generosidad sólo era equiparable a su ferocidad en la batalla y su defensa de la fe. Su reinado fue largo y próspero y muchos hombres amasaron gran poder e influencia gracias a la cercanía al Príncipe de los Creyentes; uno de ellos fue Muhammad ben Sa’id ibn al-Salim, aquel llamado Ben al-Salim, quien efectivamente se enriqueció al desempeñar numerosos cargos al servicio de al-Nasir. En aquellos días, la construcción del Salón de los Embajadores (o Salón Rico como lo llamáis) estaba suponiendo una gran carga para las arcas califales, por lo que Abd al-Rahman solía solicitar donativos a aquellos que se habían enriquecido gracias a su consideración, que entregaban felizmente.

Lo ocurrido fue que el tal Ben al-Salim supo contar con la generosidad y diplomacia del califa en su favor, pues fueron numerosas veces las que el príncipe le invitó sin éxito a hacerle participe de la donación. Era su soberano y podía, si quería, apoderarse de su fortuna, pero la generosidad de sus sentimientos le impedía hacerlo y Ben al-Salim supo llenar con excusas la espera. Llegó a comentar el califa a este respecto:

«¿Qué pueden pensar ciertos cortesanos que, habiendo sido dotados por nosotros con largueza de los bienes de este mundo, se han puesto a amasar grandes riquezas sin cuidarse de nuestro servicio, que ven los grandes gastos a que nos obligan nuestros asuntos de gobierno v que encuentran en ellos, porque podemos llevarlos adelante, la tranquilidad de su situación v el gusto de la vida? Saben sin embargo que el Príncipe de los Creventes Umar ben Al-Jattab impuso a sus gobernadores la entrega de una parte de los beneficios que habían realizado en sus funciones v la hizo incorporar al tesoro. ¿Quién era ese jefe y quiénes eran aquellos a quienes se dirigía? Es un ejemplo digno de ser seguido».

Ben Al-Salim sin responder se mezcló en la conversación como si no se
hubiese referido a él, lo que hizo que la cólera y la mala disposición de al-Nasir para con él siguiera creciendo.

Pero el príncipe de los creyentes también era un hombre, . Esto ocurrió un día que en una de sus audiencias acababa de recibir una copa de vino de mano de Ben al-Salim, y mientras cortaba una manzana
con un cuchillo exclamó: -Quisiera cortar igual la cabeza de quien yo sé que ha adquirido una gran fortuna en nuestro perjuicio y no entrega nada de ella al tesoro’-.

El corazón de Ben al-Salim se detuvo un instante para volver a latir más rápido que nunca y acompañar así al sudor frío que recorría su espalda, pues supo que la sentencia de al-Nasir se refería a él de forma ineludible. Invadido por el miedo y la vergüenza, se levantó ante su señor y dijo: -Príncipe de los Creyentes, hace tiempo que me aludes en frases parecidas a las de ahora. He guardado silencio hasta aquí. Sí, lo declaro, tengo una gran fortuna, pero no es tal como tú la imaginas; y la he adquirido economizando y para hacer frente a posibles reveses, y no te daré de ella ni un dirhem. Discurres con exactitud, menos cuando declaras lícito lo que no lo es. Alá no quiera que me tomes lo mío. Reclamaría contra ti -y aludiendo al Corán terminó- ¡Las almas de los hombres están entregadas a la avaricia!-.

Entonces al-Nasir, avergonzado bajó la cabeza, recitando las palabras sagradas: -Si le pides sus bienes y le apremias, mostraréis avaricia y Alá descubrirá vuestros odios-. Después aproximándose a Ben al-Salim y hablándole amistosamente le tranquilizó por lo que la reunión continuó en calma. Pero a pesar de la firmeza mostrada por el cortesano «al igual que tu, pequeño Ibn Hazm -me dijo mi abuelo-, sucumbió al vino, que eliminó todo rastro de serenidad como ha eliminado tu capacidad para mantenerte erguido» con el propósito de alejar el terror que le supuso enfrentarse al califa. En vano al-Nasir le decía:- despacio, Aluhammad, no es posible hacerte entrar en razón-.

«Fue entonces cuando, como te ocurrirá a tí dentro de unos minutos -sentenció mi abuelo mientras el alcohol iba tornándose en nauseas- nuestro hombre comenzó a vomitar». Los esclavos aterrados por lo cerca del príncipe que Ben al-Salim se deshacía de todo lo comido y bebido durante la jornada se precipitaron para llevarle una palangana y toallas, mientras el propio al-Nasir le sostenía la cabeza y le decía: -desembaraza el estómago poco a poco-. Ben al-Salim, tan ocupado como estaba en aquella tarea, no supo distinguir la voz del califa de la de sus servidores, a uno de los cuales pensaba que le había tocado la desagradable tarea de sujetar su cabeza. Cuando su estómago quedo vaciado por completo, volvió la cabeza y se percató que era el príncipe mismo quien le había hablado mientras le sostenía. Entonces se arrojó a sus pies y se los besó exclamando -¡Hijo de califas, qué grado de bondad tienes para conmigo!-, dirigiéndole toda clase de elogios, y mostrándole muy viva gratitud. Es justo -replicó el príncipe- que compense mi conducta de esta tarde para contigo, pagándote en agasajos el miedo que te he producido y en amabilidades mi dureza.

Le hizo entregar un vestido y Ben al-Salim voló a su casa. Al cabo de algunos días éste envió al califa cien mil dinares pequeños que al-Nasir aceptó, agradecido y que recompensó con otras altas funciones. Hasta su muerte no cesó de mostrarse muy generoso con él.

Quisiera afirmar que la imitación de Ben al-Salim que me provocó el vino segundos después de escuchar la historia de mi abuelo Sa’id fue la última que realicé en mi vida, pero no fue asi a pesar del inmenso malestar que aun hoy recuerdo; aunque hay historias por las que merece la pena sufrir una indisposición.

¡Que tengáis un buen fin de semana amigos!